viernes, 7 de noviembre de 2008

Poema en memoria de la Difunta Correa..


No hay corazón en San Juan
que, por curtido que sea,
no haya sentido la muerte
de la difunta Correa.
En todo Angaco, seguro,
no hubo muchacha más linda.
Donosita era la moza
y se llamaba Deolinda.
Con honra el pan de su casa
se avenía a compartirlo
cuando a don Pedro, su padre,
entraron a perseguirlo.
Ni su valor los detuvo
ni su mérito sin fin.
(En Chacabuco fue el hombre
guerrero de San Martín).
Allá, cerca del cuarenta,
no tuvo paz su persona,
cuando terminó el gobierno
de su amigo Maradona.
No le mezquinan pesares
ni ahorran barbaridad.
y para peor, la muchacha
entraba en florida edad.
¡De dónde la pobrecita
les va a merecer perdón!
Como la urpila del monte
en aquella situación...
En un cariño sentido,
con ansiedad, se recuesta.
En la iglesita del pueblo
se ha casado con orquesta.
Pero no mucho después,
en un ataque afrentoso,
montoneros de Quiroga
le llevan padre y esposo.
Allí quedó la Deolinda,
allí la desventurada,
considerando los males
de su vida desgraciada.
Entre tanta desazón,
para compaña, de fijo,
Dios, en esas soledades,
la bendice con un hijo.
Mas ni con ese suceso
se apacigua la jauría.
Acosan al pobre rancho
aves de carnicería.
Un amanecer de hielo
la moza no pudo más.
Se largó para La Rioja
para no volver jamás.
Ya pisa la travesía.
Ya muestra los pies llagados.
Le va faltando la luz
en los ojos apagados.
Cayendo una y otra vez
cruza el arenal ardido.
Sólo advierte algún chañar,
como de harapos vestido.
Engañándole esperanza
mira la verde jarilla,
que, por burladora gala,
luce su flor amarilla.
Como puede sigue andando
con el corazón deshecho.
Ya ni siquiera se queja
su triste hijito de pecho.
Ya el aliento la abandona
y, en esa muerte segura,
alza los ojos pidiendo
por aquella criatura.
Ruega al Cielo que no seque
de sus pechos la vertiente;
que viva ese manantial,
aunque ella incline la frente.
Pues de este modo, a su hijito,
al darle el último adiós,
sustento le dejaría
hasta que quisiera Dios.
Rendida de hambre y de sed,
de cara al cielo infinito,
se durmió en lo alto de un cerro,
no lejos de Vallecito.
Unos arrieros encuentran
la criatura abandonada,
bebiendo en el pecho vivo
de la madre, ya finada.
Allí entierran la difunta
y le rezan un bendito.
El más rudo se hace blando
para abrigar al chiquito.
Nada sé del chiquilín.
Lo habrán criado con esmero
y, ya ganado a mocito,
sería también arriero.
Término halló la Deolinda
a su vida sin regalo.
La sepultan en la cuesta
de la sierra Pie de Palo.
Ya se ganó la sencilla
devoción del pueblo fiel.
Los más humildes le llevan
coronitas de papel.
A ella pide protección
la madre desesperada.
Hasta los rudos arrieros
la toman por abogada.
Y más de alguna mujer
-quizá enferma o enteca-
con crianza dificultosa,
si es que el pecho se le seca.
En este punto, señores,
termino esta relación.
Que la Difunta Correa
los tenga en su devoción

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